Los ojos te anunciaron miedo espeso de goteo interminable. No se palpa en la escena y se destila atemporal. Para desnutrir tu sustrato, para ejercer sobre tus pupilas la presión.
Ves el gesto recio frente a ti, sin vacilar. Tu presencia es adecuada al rehúye. Girando esquinas de aire sigue tu estela, en acoso atado a los tobillos.
Lo siguiente sigue al jadeo del sprint, desbocado en la huida de semejante monstruosidad insaciable. Constante.
Lo siguiente sigue al jadeo del sprint, desbocado en la huida de semejante monstruosidad insaciable. Constante.
Sin ideas en caliente, ramifica tu desesperación. Implorando su absolución. Abriendo los mares de la gente sorda del montón que miran al suelo ante tu vejación.
La ira despierta, pellizcada por la mofa flotante, con nulas posibilidades de escape más adelante. Y crece el valor sin tu apoyo al enfrentamiento. Atado a las espaldas con el diablo petulante avistando el momento cumbre de encarar la lucha incesante.
Plantas su silueta liberando a tu sombra. De frente. Con la mirada de puñales lanzados a su cara. No hay marcha atrás. Saltando sobre su espacio y pegando las puntas de la nariz, esperando ataque, empuñando el arma que dará el corte de raíz.
Y el horrible thriller se hace pesadilla. Sin cuenta propia tienes al descubierto mi encierro en la sala de espejo. Solo ves tu propio reflejo.
Como actor mediocre llevas años en cartelera representando tu atentado, tu caja de Pandora, tu acosador particular. Con la vergüenza enquistada sobre los hombros incapaces de poderse apuñalar.
Como actor mediocre llevas años en cartelera representando tu atentado, tu caja de Pandora, tu acosador particular. Con la vergüenza enquistada sobre los hombros incapaces de poderse apuñalar.
Dando saltos al vacío para la nada que vuelve a demostrar las ganas de amar gastadas, los lazos de afecto en carcoma, los proyectos de presupuesto ahogado. El posible error en visión de glaucoma.
Para guardar arrestos con ficha de llantos, con partidas de Cluedo perdidas, con colecciones de espanto.
Ahora... sabes quién es el monstruo. Sabes de su sigilo a la espalda y su posesión maldita sin exorcismo posible, viendo inteligible el rezo que salve tu alma olvidada en la última balda.
La ira destilada se guarda bajo llave al acecho del narcisismo, ebrio del dolor. Pero proclamas su ejecución. Enterrada bajo piedra, sorprendida y en proceso de fermentación, solo podrá asumir su final. Sin lamento ni solución.
Después, el andar sin lastre podrá correr. Y volar.
Para llegar puerto y dejar la deriva.
Para llegar puerto y dejar la deriva.
Con los pies en la tierra, los ojos solo podrán ver los miedos de la lógica, olvidando esa fiebre anímica que emboza la línea aórtica. Bombeando vida al crear la hemorragia mística que la amaestra caótica.
Y dentro de toda esa anarquía degustar tu esquizofrenia, tu Fruitopía. Para quitar la sed del ahogado. Y saciar la fe que hace tiempo saltó al acantilado.

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