Es la herida abierta curada con sal gorda. Solo esperamos verla cicatrizar para dislocarnos la muñeca con el salero sobre ella, cual quinceañero con la sangre coagulada bajo la cintura.
Reivindicamos la patente de la pasión como propia y la utilizamos para rascarnos los ojos con un cuchillo, sin mesura, esperando no dañar las corneas. Poniendo un cuidado que no vale para nada, con la esperanza de no quedar tuertos. Una y otra vez sobre la misma picazón. Después, nos frustramos sin entender el por qué de lo que sea.
Verdaderamente estamos muy ciegos, somos la ONCE de los seres vivos. Nos dejamos llevar muy bien por lo que nos cuentan. Contrastamos el precio del suavizante a ver si en Mercadona o Ahorramas esta más barato, pero nos cuentan milongas en un momento de debilidad y cavamos nuestra propia fosa.
En general invertimos mas en bares y terrazas que en viajar (otra forma de educación) e idealizamos como perfección el habitar toda nuestra vida en un barrio del cual no queremos salir.
Gastamos cantidades incesantes de dinero en el "efecto chuminada", que consiste en no sobrepasar los diez euros de coste en cosas absurdas para rellenar ese huequito que nos pudre por dentro.
Y principalmente solemos estamparnos contra el cristal al pedir lo que no damos y lloramos para encubrir nuestra falta de emoción robada con consentimiento y pregonada como el Corán.
Porque buscamos ser "humanos" viendo programas de lágrima fácil que nos muestran un catálogo de emociones con música Top 10 de fondo. Criticamos para crecer, amamos como icebergs para no sentir soledad. Se ve que una vez llegamos a la cúspide nos ha entrado la pachorra y no sabemos que el potencial caduca dentro del envase.
Es tan... pedante. No puedo negar la impresión de sentir que si consiguiésemos todo aquello que nos aqueja, seguiríamos rascando bajo la nada.
Nacemos del amor, o por lo menos debería ser así, y existimos para participar en la maratón del ataúd. A veces mas carrera de fondo y otras tantas contra reloj. Pasamos todo ese tiempo aprendiendo un sin fin de cosas útiles e inútiles y pasamos de largo constantemente sobre la clave de la felicidad; un concepto inadmisible para vivir pensando que no hay futuro tangible y si un final.
Cuando por accidente saboreamos sus mieles no solemos tardar mucho en olvidar. Es una constante frustración, a lo “pantalla final del Mario Bros”, porque es imposible rozar periódicamente el abismo para centrar la realidad y saber ser feliz.
Por tanto, estamos condenados a funcionar defectuosamente. Igual de desastroso es pisar charcos a cada paso que vivir en las nubes. La balanza se descojona de nosotros... tan cruel como el chiste de "no hay mano, no hay galleta" y tenemos que cohabitar con ello. Con su risilla molesta y su mirada burlesca despertando en nuestro interior al pequeño psicópata hibernado.
Sin conclusión posible, acepto entregar mi alma a cualquier mercenario que consiga el secreto del equilibrio. Tan chulito se lee como la imposibilidad de su hallazgo, de ahí la pose de palomo de pechera alta.
Eso debe ser la sal de la vida. La incertidumbre de conseguir ese "Bonus" que convierte tu horizonte de chopped pork en paleta ibérica curada (VEGETARIAN CHOICE = judías verdes de bote -vs- vainas de guisante baby recién sacadas del matojo).
Pero nadie lo sabe. Seguiremos inventando tablet´s con olor a vainilla, buscando vida en Marte, haciendo creer que llegan las energías renovables... y la clave está en nuestro hocico. Inalcanzable.
Va siendo hora de entrenar el paladar a las pequeñas cosas. Ese es el sendero. Cargadas de átomos de felicidad luchan con las papilas gustativas para producir el Big Bang que mostrará la clave. Y así degustar por fin la vida que no sabemos vivir.

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