Cada cierto tiempo, como aniversario inexacto, sacamos el proyecto propio que nunca es arte. Un lienzo inacabado que intenta recoger un diario de pose interminable, como la vida misma. Con conceptos actualizados en tiempo real para correr una maratón juntos, de la mano. Tirando uno del otro, con tempo.
Y cada vez que posamos frente a él quedamos como un trapo esperando adivinar cuál es la siguiente pincelada. A veces avanzamos algo en el lienzo, otras tantas queda impasible esperando existir un pedazo más.
Con el pincel temblando ante la textura que nace y espesando el oleo que cargan sus pelos por la duda de continuar esa obra, nuestra obra.
Con el pincel temblando ante la textura que nace y espesando el oleo que cargan sus pelos por la duda de continuar esa obra, nuestra obra.
Pero pecamos en observar al extremo todo lo que hemos pintado. Con sus trazos que cuentan las historias de donde caíste, donde amaste y dejaste de ser amado. Donde no dejas perder el recuerdo de quien ya no está. Y ver esos sueños que su color se cuartea, dando sensación de caducado.
La falta de demora es quien finalmente enseña a tus corneas el conjunto, sin despiece, para ver el traje sin solapas que viste tu lienzo. Dudando de su mensaje cuando fue construido en partes anónimas flagrantes de sensación. Ahora, la duda vuelve a retrasar su ascensión. Igual que siempre.
Por eso nunca lo acabas; por eso pareces un trapo frente a él y solo le queda tener la esperanza de crecer poco a poco con los arrebatos que se escapan de ti. Por eso de vez en cuando intentáis conseguir otros colores, e hibernaran decepcionados por usar siempre los mismos.
Porque en el fondo ninguno queréis acabar. Sería admitir que ya no queda nada por lo que... PINTAR.
#cambialagamadecolores


