miércoles, 12 de agosto de 2015

VUELVE, COCO.





Añoro ese miedo. Aterrador. Con la envoltura parda en la oscuridad daba a la imaginación un menú degustación, sin reparar en buscar lógica que ilumine los por qué. La piel se tensaba y los ojos, acojonados, se encogían apretados hasta decir basta. Toda tu respuesta era posar en taxidermia con la esperanza puesta en verlo desaparecer; y si esto no funcionaba, la llamada temblorosa a los padres que iba in crescendo a la vez que nuestras ganas nulas de cruzar el abismo fuera del colchón.
Triplicando la demanda de vasos de agua con nocturnidad y alevosía o llorando sin lágrima por compasión.

Para acabar venciendo en nuestro olvido por el cansancio que espolvoreaba la magia robada de Mr. Sandman... bring me a dream. Y volvía a amanecer como una lluvia de cal viva que arrastraba todo lo ocurrido la noche anterior. El único damnificado era siempre el peluche desnucado por nuestra ansiedad y la paciencia agotada del progenitor somnoliento.

Y la nostalgia curandera me añora su sentido. Lo disfraza fácil y entrañable en el tropiezo continuo, comparando cuando acechan los miedos reales. Con sus manos crudas y su hacer inhumano a pesar de vivir entre personas. Es el miedo adulto, el corazón débil, la derrota arrogante. Todas las veces que acaricia tu cuello la soledad. El horizonte huérfano de un caminar aislado y la perpetua amnistía de tu juicio.

Sin defensa de una madre pretoriana que los ahuyente o la manta que aísla de los monstruos habitantes bajo la cama.

Tendré que coleccionar ese miedo en su edición vintage mas especial, con su precinto intacto y su contenido exclusivo; lo que un día sacó mis lágrimas hoy son la anécdota de un mundo hueco donde el verdadero miedo te forja, y olvida donde escondió las instrucciones para soñar.
Añorando el tiempo donde dejar un pie colgando de la cama era el mayor de los temores. Donde un beso en la frente era sinónimo de tranquilidad y los miedos tenían franja horaria de tarifa nocturna. Y cuando pensabas en ellos, tu cabecita se distraía con la canción de un anuncio, y hasta más ver. 

La inocencia, Santo Grial, se llevó todo esto. Al menos quedan en recuerdos de entraña y nos acercan de vez en cuando al mejor estado humano, cuando la lucha de la felicidad se organizaba por cumplir las pequeñas cosas que lo hacían posible a cada instante. Por ello, nunca te vayas.








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