Abres el ojo, te vistes y te vas al trabajo. Trabajas como un hámster, comes y te subes a la rueda a pedalear hasta que vuelves a comer... y te vas a dormir. Yo lo veo. Para verlo solo hay que tropezar el día menos propicio para tropezarse; resbalando aparatosa la sangre por la frente y desorientando la carrera de fondo donde participas en tu laberinto de roedores que te han impuesto vivir.
Es cuando se experimenta el destete, logrando ver en ese otro prisma más bajo y menos coloreado. Ese mismo que descartarías en tu vida cotidiana por no ser lo suficientemente brillante.
Solo tienes que seguir, tirar del hilo y sufrir la desconexión real. Un comienzo para un paladar que prueba por primera vez una hogaza de pan natural y casero. Acostumbrados al sabor industrial, es muy duro.
Y sufrir tu propia desintoxicación ahogado en los sudores y vómitos de las bandas sonoras, los yogures que te dicen cuando cagar, los besos que las películas te hacen desear y cada uno de los quistes sociales que tú mismo te obligaste a tragar... todos ellos resucitados para desgarrarte. Para empujar tu cabeza amoratada al verdadero precipicio y buscar de rodillas entre lágrimas el valor de saltar. O de no hacerlo.
Si consigues que el valor te reconozca será todo un logro. Solemos errar en pensar que por aguantar penurias, o soportar las hostias que suelen venir sin avisar es signo de valentía. O incluso si no nos enfrentamos a las embestidas. Esto es lo que hace ver cuando todos piensan en algo aunque sea equivocado, siendo más difícil de rebatir. Y así es imposible que el valor te reconozca, vestido de hámster sobre tu rueda.
El valor es la sinceridad suprema sin necesidad de escupirla como balines incandescentes, asumir tu error y enmendarlo a pesar de no tener apoyo... o digerir el dolor que has causado. El valor de no frenar tus pies cuando echan a correr o de vivir a ciegas pudiendo ver. Valor de perdonar lo que es mucho más fácil odiar, de mirar dentro de ti y aceptar lo que eres aunque no te guste. Pero sobretodo valor de no quedarse quieto y bajarte de la rueda de tu jaula.
Eso ya es un paso de gigante. Salir de la jaula saldrás tarde o temprano, pero conseguir bajar de la rueda es suficiente para despertar. Y para ver y no mirar.
Con la energía propicia, entre otras personas que bajaron de su rueda, es buen camino. Sin miedos a desplantes o amenazas de soledad. Al fin y al cabo, todos vivimos entre jaulas y esa sensación de seguridad ficticia programada nos ha hecho pensar que no era así. Un bulo bien elaborado que solo la muerte es capaz de desvelar.
Los cabos que te aten tienen que ser de tus nudos o nunca dejaras de llevar lastre. Ralentizándote hasta ser otro roedor mas en tu laberinto, entre mas roedores que hacen trucos a cambio de sus trozos de queso.
Olvidando el lado bueno de las cosas que nos aleja entre sí. Con toda la teórica y la ausencia en la práctica.
La alquimia que construimos tiene la ausencia de la inocencia, la bondad, la ayuda y el perdón. Entre otras tantas cosas increíbles que desaparecieron con la razón para vivir. Solo hay que querer, de verdad, dejar de estar a la deriva y tomar tierra. Quién sabe, quizás hay más personas de las que creemos al otro lado. Deseando conocernos, tratarnos, vivirnos. Sin máscaras borrosas ni depósitos de aliento varados y oxidados.
No olvidemos que somos pura energía y como tal no tenemos dirección establecida. Y una vez que se consigue ver, solo queda seguir.
Lo peor de todo... lo peor de todo es que en realidad todos sabemos mirar y ver, pero no hacemos nada.
