No suelo despertar en los aniversarios, mi reloj interno debe funcionar con la franja horaria del planeta Marte. Suelo recordar de forma anárquica y algo inoportuna, no hay otra.
Mi alarma de almanaque esta activada, modo discreto, entre la dermis y epidermis anda vibrando varios días con el fin de llamar mi atención. Salta una cuenta numérica, once mil y pico días. Repetida en flashes que van y vienen. Al principio no caía, es demasiado tiempo, y el subconsciente es un niño obeso, mimado y repelente. Muy docto en tirarlas al aire hasta que te dan en plena cara.
El tiempo sabe como acumularse y encostrar. Pasas la mano por encima y adviertes su paso; cómo ha ido levantando capas y debilitando su forma. Ahora los recuerdos son piezas, dentro de unos tarros de cristal, y cada vez que los despiertas tienes que armarlos. El suelo de un cuarto sin ventana podría parecer mi cabeza, donde almaceno todos estos recuerdos. Hay botes medio abiertos, y alguno pendiente de acabar porque faltan piezas.
Pero sabes que botes son, solo viendo un trozo del vidrio sabrías perfectamente cuál es.
Te sientas como los indios en el poco sitio que queda y abres esos botes; algunas piezas desgastadas son confusas; es cuando recuerdas sin voz, o con gestos de cara borrosa pues no ubicas la época. Otras... son nítidas, reales y tremendamente emotivas. Como paridas por una cámara HD. Esas que aunque quisiera no las podría olvidar.
Hoy por hoy se fotografía todo; hace años no fue así, las fotos tenían mini historias. Era algo más tangible y espontaneo. Las veladas, borrosas, con dedo o sobre expuestas existían y contaban cosas.
Aliadas de la memoria; viendo esas fotos amarras los recuerdos, solo eso, amarras. La esencia de revivirlo se hace lejano, y en su amarre enseñan lo que pueden. No se olvida pero tampoco se recuerda. Son recuerdos vagos e incompletos que no dejan cicatrizar.
Cuando abro botes de treinta años las paredes coronarias se enfrían. El bombeo se hace inestable. El corazón se pone a tiritar y jugamos a imaginar la conversación que siempre fue monólogo. Preguntando sin respuestas. Respondiendo con recuerdos por querer a la desesperada volver a oír... lo primero que olvidé fue el sonido de tu voz. Lidio por revivir con los ojos cerrados como sentía tu hombro y cuello en un abrazo, que son segundos de un recuerdo que lo valen todo. Volatilizado por los años.
En su lugar quedan botes vacíos con recuerdos del propio recuerdo. Somos así, diogenistas mentales... eso es suficiente para amarrarte a ellos, y suficiente como para mantener un hilo muy fino que no permite borrarlo. Se podría decir que el corazón vive de guardar piezas sueltas cargadas de emoción sin sentido. Yo tengo muchas tuyas. Podría hacer una película que no tendría lógica y a su vez mataría de amor mi sangre. Un film de sensaciones, olores, sentimiento, risas y llantos imposible de ver, e idóneo para cerrar los ojos y erizar la piel que tanto te echa de menos. Tan simple como un calambrazo del pasado, que locura.
La mirada de reojo en los cristales, viendo por milésimas tus rasgos, cada vez es más corta. Cada vez me engaña más. Es imposible que una foto guarde treinta años de una vida y las arrugas sin su horma no saben para donde fruncirse. Por eso el reflejo suelta mi sonrisa Hawkins de pose esclerótica; tu silueta sigue ahí, desorientada y desconocida pero sin ninguna señal de querer partir. Colgada del labio, emulando a John Rambo, ha desgarrado mi lenguaje de la felicidad, sonriendo con muletas. A media asta.
Sabes... el mundo es una broma de mal gusto desde que te fuiste, y no hago más que intentar no tomarlo en serio. Sin éxito. Creo que después de tanto tiempo puedo decirte que dejaste un vacío demasiado grande a repartir entre muy pocos. Y tuve que aprender una lección demasiado rápido, la misma que me arrancó de cuajo las alas que tanto he necesitado usar. Convertido en tu Tesis de treinta años, seis meses y algunos días he quedado listo como sujeto de un estudio obsoleto. Tardío. Para demostrar lo que fuese a quien sea.
No te sorprendas, es el resultado de la destilación del vinagre que acumulan las arterias. Eso se va posando y con los años brota de cuando en cuando, más de lo que yo quisiese. Pero son reproches bizcocho, se deshacen con solo pensarte.
Con mis siete u ocho recuerdos que arrancan a través de una foto, mil veces vista, es como sigo incesante reteniendo tu presencia. Cuando pregunté por ti la última vez no pude evitar cerrar el puño, como si eso consiguiera no olvidar la última vez que me abrazaste. Sabía en cierta forma que no te volvería a ver. Eso aunque quiera no lo olvido. No te dejo ir a donde coño vayamos. Ni sé si está bien no dejarte ir, lo he llorado tantas veces que su propia moral esta borrosa y con eso, me vale.
Todos a los que amaste, en cierta medida, tienen el alma vendada. Algunos más presentes que otros, como te dije la vida es una puta broma, han manifestado tu ausncia en cierta medida. Con peajes altos. Sólo porque dejaste de estar y nadie supo reaccionar. Todos se quedaron tiesos sin voz ni sentidos esperando que su falta de reacción no dejase que ocurriera. Algunos tardaron días y otros hemos tardado años.
Y desde aquel instante en el que te fuiste nos descolocaste en el tiempo. Estamos todos sin actualizar acorde al reloj de Windows y acostumbramos a vivir en dos épocas diferentes, sin estar muchas veces en la realidad. Eso, a los que forman parte de nosotros, de nuestras propias vidas, se lo hace muy difícil. Eres como un ser idílico que se ha llevado parte del corazón que ellos nunca podrán tener. Aunque quisiéramos. Y ni siquiera te conocen.
Después de once mil ciento y pocos días el tiempo me sigue desgarrando muy despacio para borrarte. Al final toda mi preocupación se resumía en que nadie que te conociese podía contarme como hiciste tú en mi lugar. Se acabó tu Show de Truman. Ahora soy mayor de lo que tú viviste y no tengo tu doctrina.
Por eso sigo adelante, a ciegas, rodeado de muy pocos pero que me quieren mucho; porque nunca fui capaz de estar con alguien que no me quería a su lado. Eso desde muy pequeño lo capté rápido, sin yo buscarlo. Por eso te echo de menos tanto. No porque mi vida haya sido y sea peor sin ti sino porque me gustaría que la vida que yo tengo ahora formases tú parte de ella. Sé que es imposible pero siempre he deseado imposibles. La única reacción infantil que desde pequeño quiso existir.
Ahora soy yo el del lienzo en blanco. Presión, ¿te suena? Con todo este corte de suministro, a pesar de que sigues ahí, hay muchas cosas dentro de mí que reiniciadas han salido diferentes. Porque ahora miro yo solo. No vas a ser guía sino compañero y por muchos años serás el novato, pero seguirás colgado del labio. Sumando días. Los mismos que voy sumando, y conforme más lo pienso más recobro la posibilidad de que al dejar de existir pasamos a formar parte de los que amamos. Sin cielos, Valhala, o millar de mujeres en el paraíso. Simplemente una energía pura que pasa a formar parte de ellos, nosotros, re-diseñando el reflejo. Cambiando un poco la forma del original, formando la misma persona... diferente.
...Quien dice que la soberbia nos abraza, y nos abrumamos con vidas siguientes sin que NADA consiga rebatir la chispa de la vida. La que se enciende, brilla y simplemente se apaga...
Por lo menos en esta vida que está avalada, mis pasos te siguen recordando. Por muchos miles de días más, los que me deje disfrutar esa amargada de la guadaña. Vas en mi mirada, en mi piel y en cada gesto primitivo que nunca pude controlar. Formas parte de un proyecto loco que con seguridad nunca acabará o se bifurcará en otros más locos todavía.
Por eso ya no te busco en el cielo, o en un nicho, y destierro toda superstición que mi alma desecha con nostalgia. Simplemente cierro los ojos. Simplemente busco esa chispa que deambula por aquí dentro.
Tranquilo papá, estas a buen recaudo. Por once mil más...
