...Imagina que caes al agua. Tienes que sumergirte y pasar un tramo que nunca antes viste. Por la inercia misma de vivir coges aire y lo cruzas; en plena oscuridad acuosa llegas a la luz y como la gaseosa sales despedido a la superficie.
Esa primera bocanada de aire que coges es vital, automática; no habiendo terminado de exhalar notas la falta de pureza. Un aire viciado que te abrasa la garganta... pero no puedes parar de respirar. Y al agua sabes que nos vas a volver.
Son esos segundos en los que decides como morir, ahogado o luchando por respirar...
Creo que no sé esbozar otra similitud con lo que hoy día muchos llaman vida. Y esos segundos vitales se zurcen a lo largo de su existencia, activándose cada día para seguir respirando bocanadas venenosas.
No son conjeturas, son hechos. Y sacando de la ecuación a la suerte o al azar somos nosotros mismos quienes dependemos de todos y cada uno de los seres vivos que existen. Por eso muchos respiran ahogados, por eso cada vez son más los que acaban cruzando túneles oscuros para volverse a perder a cambio de una vida vacía, segura e inundada de sueños materiales que anecdóticamente son inalcanzables. Por eso vivimos todos una ACTUALIDAD tan descompensada.
Deberíamos inventar El día de la vergüenza y reventar los centros comerciales con púlpitos donde la gente se subiera a pedir perdón. Podría ser una excelente forma de "abrir la brecha". A lo mejor conseguiríamos la redención como raza y el sufrimiento gratuito dejaría de crear negrura. Esa que ya parece haberse sentado entre nosotros con la manta y la estufa.
Ahora más que nunca acusamos una total falta de VERDAD. No podemos sucumbir a instaurar su figura como referencia y perder así nuestra mejor cualidad.
De la vergüenza al asco hay un par de generaciones de diferencia, y no sería la herencia más valorada si es que en un futuro se quisiese valorar.
Lo mismo nos sorprendemos y dejamos de conducirnos a sociedades solitarias con casas a modo prisión, alejados de familia, amigos, de interacción humana... para algo la esperanza de vida crece; no precisamente para hacer agónico nuestros últimos años de vida si no para aprender a gestionarlos de la forma más productiva y por qué no, espiritual.
Y de paso, aprenderíamos como afrontar el tiempo que conforme nos hace vulnerables se nos escapa entre los dedos. Evitar su derramamiento sería nuestra mejor reacción, sobre todo cuando somos capaces pero hemos olvidado cómo. Y si la asignatura no se enseña en los colegios empecemos en nuestras propias vidas, sin encoger los hombros como respuesta a todo, ¿o no queda ya patente que no funciona?
En definitiva, no nos cunde.

No hay comentarios:
Publicar un comentario