No es fácil el papel de amante. Amar incondicionalmente, sin elección ni prejuicio, esperando que el amor de oficio nos recompense solo del cardíaco ejercicio que nos supone amar. Sin recompensa ajena, de dificil paladar.
Porque alguien se le ocurrió hace tiempo incluir en la "lavativa" social que el amor es de medias naranjas y con intercambio de fluidos inclusive. Se ama y se quiere en la monogamia estricta que reflejan las tapas de los juegos de mesa familiar.
Se ama por interés, por miedo a no estar solo o se ama por sentir que no es posible encontrar algo mejor.
Por eso el amor ahora es plástico; dilatado por el calor que desprendemos sólo sabe llorar petróleo. Y como el petróleo tiende a embozar... acaba atascando las arterias, confundido, y dando pie a guardar en nuestro “tupper” emocional una mezcla imposible de sentimientos legales y recortados por lo que nos rodea. You lose.
Sabiendo la variedad que el amor abraza nos hace hipócritas, todos lo sabemos y lo negamos para no perder nuestro lugar en el rebaño de ovejas que sustenta nuestra pradera. El mismo rebaño que nunca jamás de los jamases nos termina de saciar.
Con lo sencillo que resulta amar sin condición. A diestro y siniestro dejando como patrón al alma que invidente va palpando los corazones, atravesando la carne de quien eriza la nuestra. Ya sea hombre o mujer, padre, amigo o un perfecto desconocido que consiga hacerte latir con motivo.
El amor no es infiel, lo son las intenciones. Cuando obligas a amar con anillos, parentescos o lazos del tiempo solo se demuestra que no queremos escuchar. Con el corazón sordo y el alma ciega no hacemos más que perdernos para en muchas ocasiones no volverse a encontrar.
Así el tiempo, a lo Dios Saturno, te empieza a devorar por los pies y cuando llega a tu garganta eres otro porcentaje pensionista que mira fijamente a la pared de una residencia, con la cuña y la silla de ruedas como complementos, esperando perder fuerzas para respirar.
El amor es lo único que nos hace estar por encima de todo lo que existe y es lo único que realmente nos da motivo para vivir.
Tenemos esta epidemia tan arraigada causante de destilar su pureza. Con su haber tóxico como gen dominante hemos puesto de moda el amor exprés, su comercio y de paso hemos eliminado del glosario su adjetivo más poderoso, el íntimo. Sin todo su repertorio nos ha quedado un amor tullido y terminal, con mala leche y quejoso.
Un deseo, una mirada, el tacto de dos pieles, un abrazo verdadero, un sacrificio... es ilimitado el sustento que puede reclamar nuestro corazón para poder amar, dejando al alma asomada al ventanal de nuestro pecho. Dando segundos de vida irrepetibles. Cebando al karma en su bulímica ingestión de nuestros actos.
La vergüenza y la cobardía son la primera lacra, una vez bajen la rodilla el resto de jirones serán remendados y el significado de "amar" volverá a ser un YO poderoso y descarado que va besando enérgicamente la vida para mofarse del día en que dejaremos de existir.

No hay comentarios:
Publicar un comentario