martes, 17 de noviembre de 2015

JE SUIS NITROGLYCERINE



Como ley de la gravedad, vuelven a quedar en evidencia nuestros intentos de civilización. Somos como un gordo hawaiano de 140 kilos intentando saltar una tapia por salvar su vida.
Si de verdad hubiese intención de hacerlo de forma intencionada sería extraordinariamente difícil; evolucionar una especie dominante, reproducirlos como un virus y cuando su existencia está madura, tan presente, enfrentarlos en la autodestrucción sin llegar a acabar con ellos. Sobrealimentados de agonía. Unos encumbrados y otros tantos medio muertos. Una idea estupenda para un juego de mesa tipo Risk.
La cosa es que la vida no es un juego. Las tablas están muy desequilibradas y la partida on-line lleva décadas sostenidas en un castillo de naipes. Se juegan manos de "Texas Holdem" entre Oriente y Occidente y se cambian las reglas al antojo; del que siempre gana o el que pierde por primera vez... hasta el que siempre pierde y la estadística le hace ganar. Algo como "en mi casa jugamos así".
Y es que las tierras de la antigua Mesopotamia son un caramelito difícil de expropiar. Cuando juegas con Estados Unidos, Francia e Inglaterra son partidas que nunca se dejan perder. Pero el ser humano termina aprendiendo, aunque sus creencias aboguen a lo contrario. Si enseñas a un perro a palos, un día ese palo te lo puedes llevar tú.
Es una evidencia tan clara que se intenta esconder cueste lo que cueste. El odio no nace por generación espontánea, sobre todo cuando ese odio se convierte en global. A nosotros, los del primer mundo, nos duele ver la barbarie cerca de nuestra cara y ante ella reaccionamos. ¿Eso nos hace ser humanos? El problema viene cuando la barbarie es recíproca y se ignora mientras comemos sentados con la tele de ruido ambiental.
Muy pocos reaccionan ante la palabra atentado si va seguido de palabras como Siria, Irak, Afganistán, Chiíes, Suníes, Líbano, Palestina... son términos de lejanía que nos producen pereza su razón y no permiten que la ingesta de comida se detenga. Si las cifras de muertos siguen creciendo en ambos lados, alberga una hipocresía que no defiende a ninguno de ellos.
Hasta que te topas con el PETRÓLEO. Ese gran oro negro que todo lo mueve y que todos quieren.
Siempre aparece en voz baja tras los ataques y los golpes de estado teledirigidos, pero es tan necesario que tiene el poder de la ceguera y el silencio. Porque no estamos dispuestos a prescindir de la autonomía de un coche. O del alimento fósil más deseado.
Entonces, ¿por qué toda esta ola de enfrentamientos? ¿Por qué el terrorismo islamista sigue a flote frente a las potencias más fuertes del planeta? Siempre he tenido la seguridad que en un acto de cojones sobre la mesa bastaría con lanzar un par de bombas nucleares sobre esta zona para acabar con todo, puestos a actuar sin cabeza. Pero eso es... con todo, y el valor de esas tierras es demasiado valioso. Todos los gigantes del primer mundo están salivando frente a un jugoso petróleo que, bajo su punto de vista, está en manos inservibles.
Si sus tierras rebosaran azufre no estaría ni remotamente crispada esta situación. Pero es algo tarde para sacar pecho. Hay demasiados ojos mirando; sólo en Europa hay millones de árabes cohabitando entre nosotros totalmente integrados, y esa sensación de tener "al enemigo" dentro de casa pone muy nerviosos a aquellos que buscan controlar el caballo ganador.
Porque es una situación incontrolable.
Porque el terrorismo se ha vuelto portátil y no se puede acorralar. Porque ante tal estrangulamiento han ganado varias manos con el fantasma de un quizás puedan llevarse la partida. Por eso se manipulan los medios. Por eso se utilizan las barbaries de forma selectiva y por eso se está llegando a un ecuador donde el miedo es lo único que está siendo recíproco.
Mueren miles de personas en atentados por todo el mundo pero solamente se hacen programas testimonio en las urbes poseedoras de wifi. Ese doble rasero nos saldrá muy caro.
El negocio armamentístico que gestionamos no tiene moral, el doble rasero alimenta el odio y en un mundo mezclado de creencias se antoja un horizonte volátil. Es demasiado tarde para ir poniendo un bozal de forma selectiva y nuestro progreso hace sumamente fácil el intercambio de abrazos o explosivos.
Nos hace poco inteligentes no reconocer el miedo, igual que no entender la ira de cualquiera que pierda a un ser querido y esté capacitado para responder.
No parece haber una solución que no sea dramática. Y no se ve un futuro de conciliación. Lo único claro que nos queda es contabilizar las bajas en una competición macabra donde sí habrá un ganador. O perdedor, de eso se encarga el tiempo.
Por eso es tan peligroso jugar a las civilizaciones, porque se juega con el sentimiento. Y este es muy inestable.
Nuestra bandera es egoísmo y soberbia, el miedo su combustible y ahora tendremos que esperar cuales son las consecuencias para ambos lados de beber nuestras propias hieles en una partida donde TODOS por desgracia tenemos las manos manchadas.
Que juego de mesa más horrible.
 
 
 
 
 
 
 
 

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